Esta mañana una cartera ha llamado a mi puerta, no podía imaginar que el paquete que me ha entregado iba a despertar en mi tantas sensaciones...
Las cosas más sencillas pueden resultar importantes, trascendentes, únicas y, por tanto, muy valiosas.
El primer golpe de nostalgia ha sido cuando he abierto el sobre y he visto escrito en el paquete que contenía, en letras azules “Carajillos del Profesor”, una sonrisa se me dibujado en la cara:
- Dios mío!!! que delicia... - Y, en ese momento, una mesa de madera con un plato en el centro con estos pequeños bocados maravillosos y unas tazas de café con leche, se han venido a mi mente, también un olor a campo, una sensación de fresquito agradable que está mitigado por un jersey naranja que yo llevaba puesto en aquellos momentos. Sí, en Salas, Asturias... Hace muchos años.
A los pocos minutos ha llegado la segunda oleada de nostalgia, a través del olor. Ha sido abrir esa bolsa y un aroma a avellana muy dulce me ha traído a la cabeza y, también al corazón, una mirada verde, verde como esos paisajes asturianos, una mirada sincera, una mirada vital y alegre aunque con un toque melancólico. Un mirada casi olvidada pero única.
El tercer instante de nostalgia me ha llegado cuando he cogido uno de estos dulces y lo he mordido, el sabor... Levemente crujiente al principio y tierno y suave, después. Entonces ha sido cuando he recordado, casi he sentido un aroma especial y la suavidad de unas manos, unas manos que agarraban las mías y que, sentí que apretaban un poco más fuerte ante Santa María del Naranco.
Amiga, gracias. No imaginas lo valioso que ha resultado tu detalle. Muchas imágenes, muchos recuerdos, muchas sensaciones mordisco a mordisco, un sencillo regalo cargado de dulce nostalgia...
Él se fue y ella se quedó un rato más. No pensaba hacerlo, ya era tarde, pero recuerda algo, algo que él le ha dicho: “Me he vestido así porque sabía que nos íbamos a ver”
Ella se quedó helada, no daba crédito... ¿Era presunción? Es posible... Le escuchaba, su voz acaricia y es fresca. Le miró, su camisa, blanca, impoluta y la corbata... color púrpura, morado o violeta oscuro.
Después de esta evocación, se pone a escribir...
“El morado o violeta es un color parecido, igual, al de la flor que le da su nombre, es un color secundario, como el verde y el naranja, y se consigue mezclando el rojo y el azul, por eso tiene tantos matices, que van desde el malva, casi blanco de los cielos en verano hasta el morado oscuro de los hematomas que producen algunos golpes.”
Levanta la vista. Para ella es el color de las amatistas, su piedra preferida; existe una historia preciosa sobre esta gema: Parece ser que el dios griego del vino y de la vida desenfrenada, Dionisos, se enamoró perdidamente de una doncella bellísima llamada Amethystos que deseaba permanecer casta y pura por siempre. Dionisos, sin embargo, obsesionado por la belleza de la muchacha no hacía otra cosa más que perseguirla y asediarla. Para ayudar a la joven, los dioses acudieron a ella y la convirtieron en una roca de color blanco como su pureza, Dionisos, vencido y desesperado por la pérdida de su amada, tomó su vino que era su bien más preciado y lo vertió sobre la roca, de forma que esta quedó teñida de púrpura por siempre jamás. Por eso se llama así a esa piedra: amatista igual que la joven Amethystos.
"La flor de lavanda tiene también ese color, y en primavera es una delicia ver los campos así, plagados de este arbusto aromático... aromático... huele bien, a fresco, a limpio, a salud, es una gozada para los sentidos de la vista, del olfato y del tacto... sí, también del tacto porque las flores de lavanda son suaves como tus manos...”
Deja de escribir, recuerda sus manos, las observó el primer día, siempre se fija en las manos de las personas, “son preciosas” pensó, hoy también ha estado mirándolas, “son suaves” eso ha pensado hoy, así, sin tocarlas... Ella tiene esa extraña ¿habilidad? de mezclar las percepciones de los sentidos. Ve un bebé y sin acercarse dice “¡que bien huele!”, oye una música y le sabe a ron añejo, o a menta, o a limón, hoy ha visto esas manos y las ha sentido suaves, ella es así, a estas alturas es difícil cambiarla.
De pronto, cierra los ojos y se ve a sí misma en medio de un campo morado de lavanda, tumbada, relajada, escuchando el silencio del color y mirando el olor fresco de la planta.
Continúa escribiendo: “Tirando a violáceo es también el horizonte de los campos castellanos, nunca he sabido por qué se da este fenómeno, pero es así. Será la luz, será que en los campos de Castilla predomina el amarillo y el ocre y como estos son los colores contrarios del violeta... no sé, tal vez sea eso, no sé pero si miras hacia el horizonte en esas tierras, todo se inclina hacia ese color. El color morado, violeta, púrpura, dicen que es el color de la reflexión, que es un color místico que invita a la meditación, eso me dijeron mis primeros maestros de yoga y relajación...”
Se interrumpió de nuevo, estaba sonando la música que solía acompañarla en los últimos días, apoyó la cabeza en el respaldo, cerró los ojos, imaginó el color de su corbata, sintió el olor a lavanda y recordó lo suaves que, seguramente, eran sus manos...
Cerró el puño dentro del bolsillo de su gabardina, los dientes de la llave le dañaban la mano pero no le producían tanto dolor como lo que tenía dentro de su cabeza, eso era lo peor. Estaba mirando hacia abajo, con la mirada fija en sus zapatos, cerró los ojos apretando intensamente los párpados como si con ese gesto pudiera borrar todo lo que se escondía detrás.
Ahí estaba de nuevo, delante de la puerta con esa letra C encima, en el rellano del tercer piso, sólo tenía que introducir la llave y girarla, abrir esa maldita puerta de una vez.
Pero ahora no, ahora estaba viendo una cara: el rostro de su mujer, que le está mirando desde arriba, sentada sobre él, sobre su vientre, piel con piel… y él mirándola a los ojos, sumergiéndose en ellos y ese precisamente es uno de esos momentos donde él percibe claramente una cosa: ama a esta mujer, más que a nadie, más que a nada en este mundo.
Pero, de repente… ¡Click! la luz se ha apagado, sigue con los ojos cerrados pero sabe que no hay luz en ese rellano, que está a oscuras pero no le preocupa, sigue viendo sus ojos, su sonrisa, su pelo, su pecho, su cuerpo sobre él y eso es lo único que realmente le importa. Pero… un momento… ¡no es él!
- No es mi cara, no es mi cuerpo. Ella no me mira a mi, no me besa a mi, no son mis manos las que están en sus caderas ¡No soy yo! ¡No estoy ahí!
Suelta con violencia la mano izquierda, el puño cerrado contra el interruptor, la luz se enciende de nuevo, abre los ojos, lentamente levanta la vista y mira a la puerta, esa puerta. Vuelve a apretar el puño derecho, dentro del bolsillo, la llave sigue ahí.
- ¿Qué vas a hacer? – se dice - ¿volverás a abandonar? ¿te vas a dar media vuelta y volverás a bajar las escaleras, despacio, resignado, como ya lo has hecho otras veces?
Y es que tal vez sea mejor así, sí, tal vez sea mejor, menos dañino al menos, abandonar, volver al despacho como si nada hubiera pasado y, cuando termine su jornada, regresar a casa, a su casa, no a esta casa, abrir la puerta, pero no esta puerta, esta no…
- Volver a mi casa, abrir mi puerta, mi refugio. Saludarla, observarla de espaldas mientras prepara algo para la cena.
Él no sabe llorar, no tiene práctica, pero los ojos le escuecen y se le llenan de lágrimas, cierra los ojos de nuevo, esta vez suavemente y las lágrimas le recorren las mejillas, tal vez esto es lo que llaman llanto, tal vez…
Y se ve a si mismo llegando a casa, abrazando a su mujer por la cintura, de espaldas, y no quiere recordar que últimamente parece que tiene un cinturón de hielo. Y su mujer le mira, pero él no quiere recordar que últimamente la mirada es esquiva. Y se besan pero prefiere no tener en cuenta que últimamente sus labios son de papel.
Prefiere pensar que nada ha cambiado, que todo sigue igual, que cenarán, reirán, charlarán y que él, cansado, abrirá esa cama que ella hace de forma meticulosa, ni un pliegue en la sábana, lisa, perfecta, y que al día siguiente se despertará y se levantará con cierto ánimo porque en la casa ya huele a café recién hecho, se duchará con su gel preferido porque nunca falta, siempre está ahí, para él. Y luego se pondrá una camisa limpia, bien planchada y ella le ajustará el nudo de la corbata y, al despedirse, le dirá al oído: ¿Sabes que te quiero, no? Y él se marchará pensando para si: Si, lo sé, me quieres… ¿no?
- Me quiere, ella me quiere, sí… ¿Me quiere? ¿Sé que me quiere? ¿Lo sé?
¡Click!... vuelve a estar a oscuras, la luz se ha vuelto a apagar. Ya no aprieta el puño, la llave ya no se le clava en la mano, sólo la acaricia porque sigue allí, en el bolsillo, desde aquel día en que hizo la copia y decidió que la usaría, que abriría la puerta, que vería con sus propios ojos, que terminaría con todo aquello, fuese lo que fuese. Lo que no sabía entonces es que le iba a costar tanto esfuerzo, tanto sufrimiento, él que lo tenía siempre todo tan claro.
Ahora la mano izquierda, casi sin fuerza, toca el interruptor, vuelve la luz, aparece de nuevo la puerta y la letra C y el timbre. Pero él tiene llave, él no llamará, él abrirá la puerta.
Saca la mano derecha del bolsillo, ahí está, metálica, brillante. La mira, tal vez no funcione, a veces ocurre con las copias nuevas…
De manera inconsciente mete la llave en la cerradura, entra sin problema, suave, a la primera, sólo tiene que girar, casi sin darse cuenta lo hace, la puerta, la de la letra C, se abre, no hace ruido…
Da un paso, no hay mucha luz, una suave penumbra, no se escucha nada, sólo, tal vez ¿música? Sí, es música, avanza un par de pasos más, esa música… sí, esa canción… “Let's get it on” de Marvin Gaye, pero ¿por qué? Tiene la sensación de que la sangre le ha abandonado, ya no circula por su cuerpo. Tiene calor, mucho calor, está sudando, está llorando… tiene frío, mucho frío, ¿está sudando?, no, está temblando y sí, está llorando…
Ella se acerca, le abraza, besa su cuello, le acaricia y acerca sus labios a su oído: ¿Sabes que te quiero, no? Y él, se tapa con la sábana, que ahora ya no está lisa y sin arrugas y siente la tibieza del cuerpo de ella y se da cuenta de que no es hielo lo que rodea su cintura y que sus labios, esos que le han besado y le han hablado no son de papel y entonces se acurruca a su lado y vuelve a dormirse pensando: Sí, sé que me quieres, ¿no?
Apuró el último sorbo, casi todo eran los restos de hielo con esas hojitas de menta. Miró a su alrededor, ese bar. Aquél entorno, aunque inhóspito al principio, poco a poco, se había ido convirtiendo, si no en el mejor lugar del mundo, sí, al menos, en un lugar con cierto calor, pero, sobre todo, un lugar, donde a veces, sucedía algo de magia. Pagó al camarero, le saludó con una sonrisa y se dispuso a salir.
A ella no le gusta la lluvia y jamás lleva paraguas, es como si se tratase de un acto de rebeldía ante este hecho.
Aquel día ya chispeaba en su corazón, digamos que era una de esas jornadas de nubes y claros, haciendo que, a veces, viera todo perfecto y otras tantas todo negro. Empezó a llover también por fuera, las nubes se fueron cargando y haciendo grises y, de repente, unas gotas enormes empezaron a caer sin piedad. Puso un gesto de contrariedad, no obstante salió a la calle, se paró y observó a su alrededor, le fascinaba esa escena de comienzo de lluvia: la gente por la calle, atolondrada y precipitadamente, se movía con actitudes casi cómicas... “A estos tampoco les gusta mucho mojarse” pensó esbozando una sonrisa. Se subió el cuello de la cazadora de cuero, como si eso pudiera protegerla de la lluvia, se echó el bolso hacia delante y cruzo los brazos como abrazándose y comenzó a caminar, sin correr.
Cuando llegó al portal se sacudió el exceso de agua de la ropa y del pelo, estaba empapada.
Miró el buzón... Nada. Ella nunca tenía correo, nada que le interesara al menos. Subió las escaleras según su costumbre, de dos en dos, y entro en su estudio.
Hacía calor allí o, tal vez, ella lo sintió por puro contraste con el exterior. Se quitó las botas, dejó el bolso y la cazadora, empapados, encima del mostrador de la cocina y puso agua a calentar, cogió una bolsita de té de Bergamota, ese sobrecito amarillo, y lo puso en una taza de loza blanca junto con dos sacarinas, mientras hervía el agua, se dirigió al baño. Ya no volvería a salir y no esperaba a nadie, no había prisa... Se miró al espejo, el pelo mojado se le pegaba a mechones en la cara, una pequeña marca de rimel le bajaba por el extremo exterior del ojo derecho.
“¡Vaya aspecto!” se dijo para si. Cogió un pañuelo de papel y se secó la cara aprovechando para arreglarse un poco los desperfectos del maquillaje, aunque ya poco importaba... “Así, mejor”
Se fue quitando la ropa poco a poco. Se puso una toalla grande alrededor y salió, de nuevo, al salón, se aseguró de que la puerta estaba bien cerrada y puso la música un poco alta, fue a la pequeña cocina echó el agua caliente en la taza y dio la vuelta al reloj de arena; tres minutos de infusión, nada más... Mientras pasaba el tiempo quedó como hipnotizada moviendo la bolsita dentro de la taza y mirando fijamente como la arena caía, despacio, por el cuello del reloj. Cuando el último grano de arena cayó, ella pareció despertar de una especie de sueño, sacó la bolsa de té, cogió la taza con las dos manos, sintió un escalofrío...
Volvió al baño, abrió el grifo de agua caliente y se metió en la ducha, era lo único que quería hacer ahora: sentir el agua templada desde la cabeza hasta los pies. Elevó un poco la temperatura y la dejó caer por su espalda desde la nuca, así durante un buen rato... Normalmente se duchaba con agua casi fría, pero ese día estaba destemplada por fuera, pero también por dentro.
Después de enjabonarse hizo algo que solía hacer a menudo: se situaba justo debajo del chorro de agua, que sentía caer sobre su cabeza, dejaba los brazos caídos a lo largo del cuerpo con las palmas de las manos hacía delante (una postura de meditación, de pié) e intentaba visualizar como si el agua fuera de color morado y como si eso la cargara de energía. Estuvo así unos minutos, hasta que empezó a sentir demasiado calor, poco a poco bajó la temperatura hasta que la sintió fría, muy fría. Eso le gustaba, se sentía viva, tonificada.
Al cabo de un rato cerró el grifo y salió de la ducha, se puso el albornoz que colgaba en un toallero térmico, por tanto lo sintió calentito. Era una sensación agradable, se rodeó una toalla en la cabeza, cogió la taza de té que ahora estaba templado y salió de nuevo al salón, se acercó al escritorio y encendió el ordenador.
Bebió a pequeños sorbos mientras arrancaba el programa, se inclinó sobre el teclado y escribió en mayúsculas: "LLUEVE SOBRE MOJADO..." Pero no se sentó, inspiró, le gustaba el aroma a bergamota, era como oler su colonia. Se vestiría con ropa cómoda, luego volvería y se sentaría a escribir...
Ha recordado en varias ocasiones las últimas conversaciones que ha tenido con él, y por eso su rostro, o más bien, su gesto se torna a veces sombrío y otras alegre, alternativamente.
Se rodea de sombras cuando recuerda sus miedos, sus inseguridades, su situación actual inestable y desconcertante que impiden que pueda disfrutar el momento, tal y como ella misma se había propuesto, y empieza a enredar la madeja de una forma absolutamente irracional.
Pero, sin embargo, cuando recuerda las conversaciones distendidas, relajadas y cómplices que mantienen en ciertas ocasiones, sonríe y todo le parece delicioso como una onza de chocolate...
Ayer recordó, por ejemplo, uno de esos diálogos que en ocasiones mantienen y que pueden resultar un poco delirantes pero que, en el fondo, le apasionan y, sobre todo, le hacen reír como una niña pequeña.
Estas charlas le resultan además tremendamente atractivas y estimulantes aunque, desgraciadamente, ella no sepa siempre secundarlas, le puede la timidez y el miedo a equivocarse, bueno eso y que, como ya le ha dicho en alguna ocasión: “Usted sabe que no soy nada explícita...”. Aun cuando a ella le encantaría.
Se deja llevar por estos recuerdos y trenzando pensamientos llega a rememorar un pequeño relato que escribió hace bastante tiempo, mucho tiempo. Piensa también que hace bastantes días que no le deja nada en el buzón y que ya le apetece enviarle algo y, quien sabe, quizás a él también le guste recibirlo y leerlo. ¿Qué tal ese pequeño relato?
No se acuerda muy bien, tendría que buscarlo... ¿dónde estará?. Recuerda que empezaba más o menos así: “A Malena le gusta hacer el amor porque supone una forma completa de comunicación entre personas...”. Lo escribió en voz masculina, hablaba el amante de Malena. Recuerda también que la protagonista de su historia tenía, como ella misma, esa cosa llamada sinestesia que le hacía “oír el color de su voz”.
Se levanta y empieza a rebuscar entre sus cosas, sus cajas, carpetas y lugares olvidados donde casi nunca mira ya. Encuentra unos disquetes de aquellos pequeños que ya no se utilizan, coge uno con etiqueta roja en la que pone “Relatos breves”, sonríe con cierta decepción. Su portátil ni siquiera tiene disquetera. ¡Benditos manuscritos! Piensa que es posible que lo tenga impreso, recuerda una pequeña carpeta donde solía guardar algunos cuentos que escribía, la mayoría de no más de uno o a lo sumo dos folios. A veces esconde tanto sus “secretos” que no los encuentra ni ella misma. Al final lo ve, algo amarillento el papel, se nota que tiene unos cuantos años. Lo lee y se dice así misma que muchas de las cosas que entonces escribió, seguramente y curiosamente las volvería a escribir hoy mismo, de nuevo, precisamente ahora.
“A Malena le gusta hacer el amor y a mí me gusta Malena...
... a ella le gusta porque piensa y dice que es una forma de comunicación entre personas bellísima, intensa y completa. Sobre todo completa, porque se sirve de todos los sentidos que disfruta el ser humano: La vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto...
... aunque desgraciadamente muchas personas se empeñen sólo en disfrutar de dos o, a lo sumo tres de los sentidos convirtiéndolo en un rutinario acto sexual, puramente animal...
... Ella no sólo disfruta con los cinco sentidos sino con la interacción de los mismos y con las combinaciones entre ellos, mezclando las sensaciones que percibe desde que se acerca a mí, desde el primer instante, desde esa primera mirada, entornada, como queriendo calibrarme...
... así, Malena, además de recorrer mi cuerpo con sus ojos, de saborear mis besos o recibir mis caricias, también puede oler los suspiros, nuestras respiraciones, puede tocar el aroma del deseo...
... y ver la suavidad de nuestro contacto, de las caricias mutuas... esa es la ventaja, su ventaja y mi ventaja, la ventaja que disfrutan nuestros cuerpos...
... Por eso a Malena le gusta hacerme el amor, por eso a mí me gusta Malena”