jueves, 14 de junio de 2012

LA LLAVE

Cerró el puño dentro del bolsillo de su gabardina, los dientes de la llave le dañaban la mano pero no le producían tanto dolor como lo que tenía dentro de su cabeza, eso era lo peor. Estaba mirando hacia abajo, con la mirada fija en sus zapatos, cerró los ojos apretando intensamente los párpados como si con ese gesto pudiera borrar todo lo que se escondía detrás.

Ahí estaba de nuevo, delante de la puerta con esa letra C encima, en el rellano del tercer piso, sólo tenía que introducir la llave y girarla, abrir esa maldita puerta de una vez.

Pero ahora no, ahora estaba viendo una cara: el rostro de su mujer, que le está mirando desde arriba, sentada sobre él, sobre su vientre, piel con piel… y él mirándola a los ojos, sumergiéndose en ellos y ese precisamente es uno de esos momentos donde él percibe claramente una cosa: ama a esta mujer, más que a nadie, más que a nada en este mundo.

Pero, de repente… ¡Click! la luz se ha apagado, sigue con los ojos cerrados pero sabe que no hay luz en ese rellano, que está a oscuras pero no le preocupa, sigue viendo sus ojos, su sonrisa, su pelo, su pecho, su cuerpo sobre él y eso es lo único que realmente le importa. Pero… un momento… ¡no es él!

- No es mi cara, no es mi cuerpo. Ella no me mira a mi, no me besa a mi, no son mis manos las que están en sus caderas ¡No soy yo! ¡No estoy ahí!

Suelta con violencia la mano izquierda, el puño cerrado contra el interruptor, la luz se enciende de nuevo, abre los ojos, lentamente levanta la vista y mira a la puerta, esa puerta. Vuelve a apretar el puño derecho, dentro del bolsillo, la llave sigue ahí.

- ¿Qué vas a hacer? – se dice - ¿volverás a abandonar? ¿te vas a dar media vuelta y volverás a bajar las escaleras, despacio, resignado, como ya lo has hecho otras veces?

Y es que tal vez sea mejor así, sí, tal vez sea mejor, menos dañino al menos, abandonar, volver al despacho como si nada hubiera pasado y, cuando termine su jornada, regresar a casa, a su casa, no a esta casa, abrir la puerta, pero no esta puerta, esta no…

- Volver a mi casa, abrir mi puerta, mi refugio. Saludarla, observarla de espaldas mientras prepara algo para la cena.

Él no sabe llorar, no tiene práctica, pero los ojos le escuecen y se le llenan de lágrimas, cierra los ojos de nuevo, esta vez suavemente y las lágrimas le recorren las mejillas, tal vez esto es lo que llaman llanto, tal vez…

Y se ve a si mismo llegando a casa, abrazando a su mujer por la cintura, de espaldas, y no quiere recordar que últimamente parece que tiene un cinturón de hielo. Y su mujer le mira, pero él no quiere recordar que últimamente la mirada es esquiva. Y se besan pero prefiere no tener en cuenta que últimamente sus labios son de papel.

Prefiere pensar que nada ha cambiado, que todo sigue igual, que cenarán, reirán, charlarán y que él, cansado, abrirá esa cama que ella hace de forma meticulosa, ni un pliegue en la sábana, lisa, perfecta, y que al día siguiente se despertará y se levantará con cierto ánimo porque en la casa ya huele a café recién hecho, se duchará con su gel preferido porque nunca falta, siempre está ahí, para él. Y luego se pondrá una camisa limpia, bien planchada y ella le ajustará el nudo de la corbata y, al despedirse, le dirá al oído: ¿Sabes que te quiero, no? Y él se marchará pensando para si: Si, lo sé, me quieres… ¿no?

- Me quiere, ella me quiere, sí… ¿Me quiere? ¿Sé que me quiere? ¿Lo sé?

¡Click!... vuelve a estar a oscuras, la luz se ha vuelto a apagar. Ya no aprieta el puño, la llave ya no se le clava en la mano, sólo la acaricia porque sigue allí, en el bolsillo, desde aquel día en que hizo la copia y decidió que la usaría, que abriría la puerta, que vería con sus propios ojos, que terminaría con todo aquello, fuese lo que fuese. Lo que no sabía entonces es que le iba a costar tanto esfuerzo, tanto sufrimiento, él que lo tenía siempre todo tan claro.

Ahora la mano izquierda, casi sin fuerza, toca el interruptor, vuelve la luz, aparece de nuevo la puerta y la letra C y el timbre. Pero él tiene llave, él no llamará, él abrirá la puerta.

Saca la mano derecha del bolsillo, ahí está, metálica, brillante. La mira, tal vez no funcione, a veces ocurre con las copias nuevas…

De manera inconsciente mete la llave en la cerradura, entra sin problema, suave, a la primera, sólo tiene que girar, casi sin darse cuenta lo hace, la puerta, la de la letra C, se abre, no hace ruido…


Da un paso, no hay mucha luz, una suave penumbra, no se escucha nada, sólo, tal vez ¿música? Sí, es música, avanza un par de pasos más, esa música… sí, esa canción… “Let's get it on” de Marvin Gaye, pero ¿por qué? Tiene la sensación de que la sangre le ha abandonado, ya no circula por su cuerpo. Tiene calor, mucho calor, está sudando, está llorando… tiene frío, mucho frío, ¿está sudando?, no, está temblando y sí, está llorando…

Ella se acerca, le abraza, besa su cuello, le acaricia y acerca sus labios a su oído: ¿Sabes que te quiero, no? Y él, se tapa con la sábana, que ahora ya no está lisa y sin arrugas y siente la tibieza del cuerpo de ella y se da cuenta de que no es hielo lo que rodea su cintura y que sus labios, esos que le han besado y le han hablado no son de papel y entonces se acurruca a su lado y vuelve a dormirse pensando: Sí, sé que me quieres, ¿no?


42 comentarios:

Gracias por dejar tu comentario, siempre me dibuja una sonrisa


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