sábado, 12 de noviembre de 2011

ACOMPÁÑAME A ESTAR SÓLO...

Cogió la bolsa de deporte y salió a la calle, se ajustó los auriculares del ipod y comenzó a caminar, iría andando tranquilamente... Le gustaba ese corto paseo hasta las instalaciones deportivas, de alguna manera ya iba preparando su mente. “Acompáñame a estar solo, a purgarme los fantasmas... a meternos en la cama sin tocarnos...” Sonaba esa bonita canción, y ella, con la mente aun en blanco la tatareaba casi imperceptiblemente.

Entró, se dirigió al vestuario, dejó la bolsa en un banco de madera y se sentó al lado. Comenzó a desatarse los cordones de las deportivas... “Acompáñame al silencio de charlar sin las palabras, a saber que estás ahí y yo a tu lado... Acompáñame a lo absurdo de abrazarnos sin contacto, tú en tu sitio, yo en el mío, como un ángel de la guarda...”

Se quitó la cazadora y la camiseta, guardó el ipod, después se quitó los vaqueros, llevaba debajo el bañador, uno azul marino y celeste, de competición, que le hacía los hombros aun más anchos, se puso el gorro, lo odiaba, pero era obligatorio y además se nadaba mejor con él... Cogió las gafas para nadar y la toalla, cerró la bolsa y se fue a la piscina. Una ducha de agua fría, hizo dos ejercicios rápidos de estiramiento y, al final, ya muy cerca del borde, con los dedos de los pies ya fuera, sin apoyar, hizo dos giros con la cabeza acercó la barbilla al pecho y siguiendo el sentido de las agujas del reloj hizo un giro completo y luego otro, en sentido contrario.

Después miró hacía el agua y perdió su mirada en ella, tenía los brazos caídos a los lados, de repente, los elevó un poco a la vez que hacía un gesto como de ponerse de puntillas, se adelantó un poco, tensó el cuerpo y se lanzó de cabeza...

Ese momento era... sublime.

Casi tocando con el torso el fondo continuó buceando, le gustaba hacer eso, cruzar la piscina por debajo del agua... esa pequeña apnea, ese último esfuerzo justo antes de llegar al otro lado y salir a la superficie, veloz... y, entonces, respirar, por fin...

Y, sin parar, comienza a nadar, de momento, a braza... “uno... uno... uno...“ va contando los largos, como si fuera un mantra, y la mente, mientras, vuela sola. Es un ritmo ágil, ni muy rápido, ni muy lento.

La natación ha sido el único deporte que ha practicado con asiduidad y a lo largo del tiempo, desde que era una niña hasta ahora... siempre le gustó... incluso cuando entrenaba, era duro, pero no le importaba, el agua lo salvaba todo...

“Cuatro... cuatro... cuatro...” continuaba, “Acompáñame a decir sin las palabras lo bendito que es tenerte y serte infiel solo con esta soledad...” Seguía con la canción en la cabeza, la verdad es que por eso adoraba nadar, conseguía ese estado de abstracción en el que pensaba sin pensar...

Su mundo real se quedaba fuera, pero una vez sumergida en la piscina quedaba imbuida en ese otro mundo que ella se había creado... “Nueve, nueve, nueve....” y que sólo existía en su cabeza y en gran parte de su corazón.

“Acompáñame a quererte sin decirlo, a tocarte sin rozar ni el reflejo de tu piel a contraluz...”  Esa frase era sublime, desde el primer día que la escuchó, la sintió como propia, se le clavó en el corazón... “a quererte sin decirlo” y “a tocarte sin rozar ni siquiera el reflejo de tu piel”... aún lo recuerda, se le saltaron las lágrimas “Veintidós... veintidós... veintidós...” tan cercana la sintió.

Aquella época en la que lo había pasado tan mal, en la que se sintió abandonada, decepcionada “Treinta y seis... treinta y seis...” Sufría soledad y miedo, aunque intentaba mantener la compostura...

Siguió pensando, recordando, contando los largos “Cincuenta... cincuenta...” y musitando algunos retazos de la canción que se le había quedado grabada en la cabeza...

“Acompáñame a estar solo para calibrar mis miedos, para envenenar, de a poco, mis recuerdos, para quererme un poquito y, así, quererte como quiero. Para desintoxicarme del pasado... Acompáñame a estar solo”

Cada vez se sentía más ligera, más relajada, más feliz. Para romper un poco el ritmo, de vez en cuando, cambiaba de estilo pero sin parar a descansar ni un segundo (no parar era, precisamente, el reto), crol, espalda, mariposa... “Ochenta y tres... ochenta y tres...” y volver a braza, de nuevo... a respirar, otra vez, más tranquila.

“Ciento trece, ciento trece...” Estaba a punto de acabar y se sentía menos cansada que cuando empezó, hace casi una hora... “Y si se apagan las luces, y si se enciende el infierno y si me siento perdido se que tú estarás conmigo con un beso de rescate... Acompáñame a estar solo”  Ese deporte era su rescate, su propia tabla de salvación, y esa agua, tan azul, era su pequeño mundo secreto...

M.G.B.


33 comentarios:

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